Disgrafía institucional: cuando las letras pierden el norte

La disgrafía es una dificultad específica del aprendizaje que se define como una dificultad para organizar correctamente el gesto de la escritura: letras invertidas, espaciados erráticos, trazos irregulares, etc. No es lo mismo que la dislexia, aunque pueden coexistir. Puede manifestarse de distintas maneras, como letra poco legible cuando se trata de escritura a mano, irregular o muy lenta, problemas para mantener el tamaño, la forma o inclinación, etc. A grandes rasgos, podrían establecerse diferentes tipos:

  • Disgrafía motora: el problema está en el control del gesto gráfico
  • Disgrafía específica: dificultad para escribir correctamente letras y palabras
  • Disgrafía espacial: problemas para organizar el texto en el espacio

Suele detectarse en la infancia, cuando se aprende a escribir, pero también puede persistir en adultos. No se “cura” como una gripe, pero se puede mejorar mucho con reeducación psicopedagógica, terapia ocupacional y adaptaciones.

Llamaremos disgrafía en rotulación a la colocación defectuosa de letras y signos en rótulos, placas y señalética, especialmente cuando se emplean letras individuales prefabricadas. La observación de campo muestra que esta disgrafía es especialmente abundante en rótulos institucionales y administrativos, especialmente la producida mediante letras sueltas. 

Paradójicamente, estos errores aparecen con mayor frecuencia en contextos donde se presupone rigor, oficialidad y permanencia. Suelen derivarse de intervenciones ejecutadas sin supervisión tipográfica ni criterio gráfico. Trasladado al espacio público, el término disgrafía institucional puede funcionar como metáfora precisa para describir un fenómeno frecuente en la rotulación institucional contemporánea.

Los casos documentados muestran una serie de patrones recurrentes. No se trata de errores aislados, sino de fallos sistemáticos: letras colocadas al revés o invertidas, espaciado irregular entre caracteres, palabras o líneas, problemas de alineación y desajustes ópticos que dificultan la lectura, falta de coherencia tipográfica en un mismo rótulo, etc.

No es un problema técnico, sino cultural

Las letras individuales actuales son productos industriales precisos. El error no está en el material, sino en la ausencia de conocimiento tipográfico y en la falta de atención al detalle durante la instalación. Colocar letras no es simplemente fijarlas a un muro: requiere entender formas, ritmos y proporciones, exige lectura previa y comprobación visual. Cuando esto no sucede, el resultado es una escritura torpe que equivale visualmente a un texto mal escrito.

La escritura del poder

La rotulación institucional no es neutra: implica responsabilidad sobre la imagen pública. Es la voz escrita del poder, y cuando esa voz aparece desordenada, transmite descuido, improvisación y falta de respeto por el espacio común. En este sentido, la disgrafía en rotulación no es solo un problema estético, sino un síntoma de abandono gráfico.

Documentar para comprender

Desde Insula Signa venimos documentando este fenómeno mediante ejemplos fotográficos concretos, donde letras invertidas, espaciados erráticos y alineaciones incorrectas se repiten de forma preocupante. Nombrar el problema es el primer paso para hacerlo visible. Y hacerlo visible es una forma de exigir criterio, cuidado y cultura gráfica en el espacio público.

Vestigios de nomenclatura urbana

14/08/2026

En algunas calles de Canarias sobreviven unas pequeñas marcas que pueden pasar desapercibidas. Una letra, a veces acompañada de un número, aparece todavía sobre la fachada de una casa, junto a una placa de calle o en una antigua edificación. Son restos aparentemente insignificantes, pero detrás de ellos se esconde una parte de nuestra historia: hubo un tiempo en que algunas calles no tenían todavía un nombre, y eran identificadas mediante letras.

La utilización de letras para identificar calles parece estar relacionada, en buena parte de los casos, con procesos de urbanización, parcelación y crecimiento de los núcleos urbanos. Cuando se proyectaba una nueva trama de calles, las vías podían aparecer identificadas en planos y documentos como calle A, calle B, calle C… Una solución sencilla y funcional mientras se desarrollaba la urbanización y se establecía una nomenclatura definitiva. En algunos lugares aquellas denominaciones provisionales llegaron a utilizarse durante años. En otros, incluso terminaron incorporándose al uso cotidiano y administrativo.

Un caso perfectamente documentado es el barrio de La Atalaya, en Santa María de Guía. Durante años sus calles fueron conocidas como A, B, C, D, E, F, G, etc. No fue hasta el pleno municipal del 27 de abril de 1962 cuando el Ayuntamiento acordó sustituir aquellas denominaciones por nombres propios. El acuerdo explicaba que se trataba de calles «denominadas por simples letras». La transformación no fue meramente administrativa. La antigua calle A pasó a llamarse Luján Pérez; la C, Dolores Roque; y otras adoptaron nombres de personajes, lugares y países. La letra desaparecía del callejero, pero durante décadas permanecieron sus huellas.

Fotografías tomadas en Ingenio (Gran Canaria)

Cuando la letra queda en la pared

No podemos afirmar todavía que todas estas letras correspondan exactamente a antiguas denominaciones de calles. Algunas podrían identificar parcelas, bloques, fases de urbanización u otras unidades administrativas. Precisamente por eso constituyen un interesante campo de investigación. Lo que sí resulta evidente es que son marcas producidas por procesos anteriores de organización del espacio urbano y que han sobrevivido a los cambios posteriores.

En Las Palmas de Gran Canaria encontramos otro vestigio particularmente singular: una antigua placa con la letra Y, situada en una fachada del tejido histórico de la ciudad. Existen pruebas documentales de que las denominaciones alfabéticas fueron utilizadas en procesos de urbanización de la capital. Así, las letras no eran únicamente una forma informal de referirse a determinados lugares: llegaron a formar parte de la documentación administrativa y registral de la ciudad.

Las Palmas de Gran Canaria

Una placa desaparece cuando cambia el nombre de una calle. Pero en ocasiones queda una huella: una letra pintada, una pieza cerámica, una inscripción en relieve o una marca sobre la fachada. Son pequeños palimpsestos urbanos: sobre la ciudad actual todavía puede leerse, si sabemos dónde mirar, algo de la ciudad que existió antes.

Para Insula Signa, estos vestigios forman parte del patrimonio gráfico porque son manifestaciones materiales de la cultura visual y administrativa de la vida cotidiana. No fueron concebidos como obras artísticas ni como elementos patrimoniales. Su función era puramente práctica. Por ello resultan especialmente valiosos para reconstruir la historia ordinaria de nuestros pueblos y ciudades.

El Panot Gaudí

03/07/2026

En 1904, Antoni Gaudí diseñó un pavimento para los suelos de la Casa Batlló, pero que finalmente fue utilizada en la Casa Milà, más conocida como La Pedrera), ambas ubicadas en el Passeig de Gràcia de Barcelona. En esta obra, Gaudí materializó su interés por la geometría y la simbología, con relieves inspirados en motivos marinos, acorde con el carácter naturalista que aplicó a la Casa Batlló (también llamada «la Casa del Agua»).

Su innovadora forma hexagonal rompió con la tradición de baldosa cuadrada. Contiene tres formas inspiradas en elementos del mar: en el caso de la caracola, un fósil de caracola de la clase amonites, una estrella de mar, versión de equinodermus de la clase Ophiroideus, y unas algas de tipo talofita, del género sargassum. El dibujo completo se puede ver combinando siete baldosas. Otra peculiaridad es su carácter monocromático; los colores se sustituyen por las luces y sombras que aporta el relieve. Este pavimento consiguió formar parte de la exposición permanente del MOMA de Nueva York por ser considerado uno de los primeros productos de diseño industrial.


En 1971 se ampliaron las aceras del Passeig de Gracia, que fueron cubiertas por la loseta Gaudí para rendir homenaje al más célebre arquitecto de la ciudad, convirtiéndose en un elemento de mobiliario urbano característico de Barcelona. Para ello, la empresa Escofet, que estuvo fabricando el modelo desde 1906 hasta 1964, realizó una interpretación del modelo original, lo que resultó en una propuesta equivocada, pues la baldosa era muy grande y se rompía con facilidad; además, la tonalidad azul que recordaba al mar acabó siendo decolorada por el sol.

En 1997 se reformaron las anchas aceras del Paseo de Gracia, que fueron pavimentadas con una reedición del mosaico, que fue bautizado como Panot Gaudí (loseta Gaudí). Esta vez se adaptó para el espacio exterior, en un tamaño más pequeño, de color gris y con el relieve invertido para mejorar su resistencia al desgaste.

Varios ayuntamientos españoles quisieron dotar a sus pavimentos de un carácter artístico recurriendo a las losetas Gaudí, por lo que actualmente, además de en el Passeig de Gràcia de Barcelona, también se pueden encontrar en el Paseo Marítimo de La Rábita en Granada, los alrededores de la Plaza de la Constitución de Jaén, el Parque El Rodeo de Cáceres, la Avenida de Vallellano en Córdoba, el Paseo de Bonavista de El Grao de Castellón, los alrededores de la Plaza de la Candelaria de Ingenio, Gran Canaria y el Paseo de Los Tarajales de Los Cristianos en Arona, Tenerife.

El PANOT GAUDÍ EN CANARIAS

Los Cristianos

Tas años instaladas en el Paseo de los Tarajales en Los Cristianos (Arona, Tenerife), las losetas Gaudí estuvieron a punto de desparecer, pues se estaban retirando a raíz de una obra de remodelación llevada a cabo por operarios del Cabildo Insular. 

Fue Ana González Ledesma, vecina de la localidad, quien en junio de 2019 presentó un escrito solicitando la conservación de las mismas, apelando a su interés artístico y cultural. El Servicio de Patrimonio Histórico del Cabildo de Tenerife acabó dándole la razón, argumentando que “si bien los valores artísticos pueden ser discutibles, sí reconocemos valores históricos”.


Ana González Ledesma, impulsora de la iniciativa para salvar las baldosas.

Así, en el informe de respuesta, se insta a la recogida de estas baldosas y su acopio controlado por parte del Ayuntamiento de Arona, que “deberá buscarles una nueva ubicación, ya que, por las necesidades de la obra y lo avanzado de su ejecución, se hace poco viable la restitución a su lugar primigenio”. En dicho informe, los técnicos de Patrimonio Histórico del Cabildo recuerdan que “desde 1906, la empresa Escofet utilizó el modelo y lo creó industrialmente, cubriendo las aceras de paseos y avenidas de ciudades españolas e hispanoamericanas. En los años 60 del pasado siglo y durante una década, Escofet modificó la baldosa de Gaudí creando una de mayores dimensiones (43 cm.); esta última es la que se colocó en el Paseo Marítimo de Arona”. De ahí que desestimen iniciar un expediente para declararlas BIC por no tener suficiente entidad, ni incluirlas en el catálogo insular “al no ser una obra paradigmática dentro de la isla de Tenerife”. 

Así, gracias a Ana González, se logró recuperar cerca del 70% de las losetas Gaudí, lo que permitió reutilizarlas para pavimentar algunas de las áreas levantadas y mantener la imagen que el paseo marítimo tuvo durante años.

INGENIO 

Las baldosas Gaudí, adquiridas a la empresa catalana Escofet, fueron colocadas en 2001 en las aceras de los alrededores de la Plaza de La Candelaria de Ingenio (Gran Canaria), alcanzando una superficie de 890 m2. Pueden ser contempladas y pisadas en la acera del Ayuntamiento, delante de la iglesia de la Candelaria, en la calle Dr. Juan Espino Sánchez y en las aceras de la calle Ramón y Cajal, hasta llegar a la avenida América. 


El Panot Gaudí en las inmediaciones del Ayuntamiento e Iglesia de la Candelaria en Ingenio. 
Fotografía: Andrés Cruz

La colocación de estas baldosas hexagonales no fue fruto del azar o de la improvisación, sino que se incluyó en el proyecto paisajístico de mejora del entorno de la Iglesia de la Candelaria que dirigieron en 2001 las arquitectas María del Carmen Rubio y Gema Navarro, trabajando junto a un equipo de aparejadores y funcionarios, siendo en ese momento alcalde el socialista Juan Espino del Toro.


Fuentes:

Rótulos en el umbral

19/12/2025

Estamos acostumbrados a elevar la mirada para contemplar los rótulos comerciales. La mayoría se sitúan en un plano elevado, perpendicular al suelo y generalmente sobre las puertas de acceso a los establecimientos. Es una disposición lógica cuando el objetivo principal es captar la atención del viandante en un entorno urbano marcado por la competencia visual y la saturación de estímulos. En ese paisaje de llamadas constantes, todo lo que no se encuentra a la altura de los ojos tiende a desaparecer. Por eso, no resulta extraño que los rótulos integrados en el suelo pasen inadvertidos para la mayoría de las miradas.

Sin embargo, este tipo de rótulos habla de otra forma de entender el comercio y la relación con quien entra en el local. Son señales discretas que revelan un cuidado especial por el detalle y aportan una indudable prestancia al establecimiento. Su intención es menos publicitaria y más humana. Funcionan casi como un gesto de cortesía: una bienvenida silenciosa, una deferencia dirigida no a la multitud, sino a una persona concreta, aquella que cruza el umbral y que, en ese mismo instante, deja de ser transeúnte para convertirse en cliente.


Bonito trabajo e inteligente composición en un edificio de la calle León y Castillo de Las Palmas de Gran Canaria.
Desaparecido en una lamentable muestra de desprecio.
Tintorería en la calle León y Castillo, Las Palmas de Gran Canaria.
Testimonio del desaparecido Bar Diego. Paseo de San José, Las Palmas de GC. Fotografía de Eduardo Reguera.
Calle Castrillo de Las Palmas de Gran Canaria. Fotografía de Leonor Zozaya-Montes (@CanariasCultur en X).
Calle Pamochamoso, Las Palmas de Gran Canaria.
La combinación del terrazo y de las letras no estuvo muy acertada, pues apenas muestra legibilidad.Calle Rafael Cabrera, Las Palmas de Gran Canaria.
Calle Bravo Murillo, Las Palmas de Gran Canaria.
Mercado Central, Las Palmas de Gran Canaria.
Calle La Quesera, La Pasadilla, Ingenio.
Mercería desaparecida en el edificio del Estadio Insular, Las Palmas de Gran Canarai. Fotografía de Mirta Castignani.
Maracay, un comercio desaparecido, en el Edificio del Estadio Insular, Las Palmas de Gran Canaria.

Muchos de estos umbrales rotulados son auténticos supervivientes, ejercicios estéticos propios de una época en la que se prestaba atención a los pequeños detalles, cuando el diseño gráfico y la artesanía convivían de forma natural con la arquitectura. Hoy, estos rótulos discretos esconden historias olvidadas y evocan un esplendor perdido, recordándonos que el patrimonio gráfico también se encuentra, a veces, justo bajo nuestros pies.

Conviene señalar que este ámbito no debe confundirse con otro bien distinto: el de la señalética urbana y las señales viarias, ya sea pintadas en la calzada o dispuestas en aceras y espacios públicos. Ese conjunto responde a lógicas funcionales, normativas y técnicas propias, y merece sin duda un capítulo aparte.

Callejón del Combate, Santa Cruz de Tenerife.
Calle Obispo Rey Redondo, San Cristóbal de La Laguna.

Los indios y el 7º de caballería

13/10/2020
Actualizado el 10/06/2025

Desde siempre, la posición estratégica de las Islas Canarias en las rutas marítimas a América y África atrajo a comerciantes no sólo europeos, sino de las áreas más lejanas del mundo. Entre las comunidades de comerciantes extranjeros destacaron los sindhis hindúes. Calificado por antropólogos e historiadores como comunidad comercial diaspórica y casta comercial, el sindhi es el grupo de origen asiático más antiguo establecido en España, sólo precedido en el tiempo por algunos libaneses instalados también en Canarias. Hoy en día es una compacta red de comunidades con presencia en más de cien países.

La provincia de Sind, con capital en Hyderabad, pasó a formar parte de Pakistán tras la ocupación británica de la India. Su condición costera la situó en las principales rutas comerciales con Occidente. La mayoría musulmana de su población dificultaba a los hinduístas poseer tierras, integrarse en el ejército o acceder a títulos nobiliarios, por lo que éstos vieron restringida su actividad al comercio. La apertura del Canal de Suez en 1868, que reducía a una tercera parte el viaje por mar de la India a Europa, provocó que los comerciantes sindhis se lanzaran a la búsqueda de puertos libres de restricciones y aranceles en todo el mundo.

Chellaram

Danamal Validam, un joven emprendedor de la familia Chellaram fue el primero en establecer en 1860 su tienda en el nº 33 (actual 47) de la calle Triana de Las Palmas de GC, en una casa antigua de tres pisos que se reformó por dos veces en 1904 y 1923, con proyectos del arquitecto Femando Navarro. Aquel edificio se convirtió en punto de encuentro de los indios de la ciudad. En la tercera planta se habilitó una capilla donde se realizaban bodas y fiestas religiosas de su país de origen. Al auspicio de los buenos resultados comerciales, en 1972 la familia derruyó la antigua casa para construir otra en el mismo lugar, conservando en el último piso un lugar para reuniones religiosas.

Para la clientela oriunda, supuso el descubrimiento de tesoros llegados allende los mares: mantones de Manila, jarrones chinos y sedas indias llegaban a bordo de los vapores que, primero en el antiguo Muelle de Las Palmas (San Telmo) y luego en el de La Luz, recalaban en la isla compartiendo embarcación con los primeros turistas europeos.

Propuesta para el ornamento de la fachada del comercio de Dhanamall Chellaram realizada en 1923 por el arquitecto Fernando Navarro.

Validam nunca vino a Canarias, pero recibía informes semanales de sus negocios en las Islas, así como de sus tiendas en más de 100 puntos distintos del planeta. Su hijo Parsram Valiram llegó en 1935 a Gran Canaria, y tras cinco años regresó a la India para formar una familia. Ya con cuatro hijos, huyó de la guerra indo-pakistaní de 1947 y volvió a Las Palmas de Gran Canaria. La tienda Chellaram se convirtió en un centro neurálgico de la ciudad. Incluso abría los domingos para atender a los jugadores de los equipos de fútbol que visitaban la Isla. Los cambulloneros se abastecían allí de mercancías que no encontraban en otro lugar. El negocio permaneció activo hasta el año 2003.

Chanrai

El establecimiento del Grupo Chanrai en Santa Cruz de Tenerife en 1860 fue un punto más de la ampliación de la basta red empresarial Hyderabad Sind, con sede en Gibraltar y presencia en todo el mundo. El grupo siguió creciendo hasta abrir un negocio en el nº 43 de Triana, es decir, junto al de sus compatriotas.

En los años veinte y treinta, las llamadas 3C (Chanrai, Choitram y Chellaram), ya estaban presentes en el núcleo del comercio tradicional de la capital tinerfeña (la calle Alfonso XIII –actual Castillo– y la plaza de la Constitución – actual de la Candelaria–), así como en la calle Triana de las Palmas de Gran Canaria. En esa misma calle, Thakurd Basulchand abrió en 1935 la firma Flor de India.

Flor de India, en la Calle Triana, hacia 1965. Fotografía del archivo de la FEDAC.

Metharam

También la familia Metharam abrió una sucursal en Triana en 1901, tras haber llegado a Tenerife en 1886. La capital de Canarias entonces no era compartida, ya que la división provincial entre Las Palmas y Santa Cruz de Tenerife se produjo en 1927. Este grupo de empresarios debió afrontar el inicio del llamado «pleito insular» entre Tenerife y Gran Canaria y los problemas derivados de la fiebre amarilla que acabó en 1863 y que hizo estragos en la capital grancanaria. A pesar del riesgo comercial que suponía, estos emprendedores consiguieron expandir sus negocios y contribuir al florecimiento de la actividad comercial en la calle Triana, duramente castigada por la pandemia.


En 1956, el propietario D. G. D. Daryani encargó la decoración de la fachada de su negocio al célebre arquitecto José Enrique Marrero Regalado, que solicitó para ello la colaboración de Felo Monzón, para entonces una figura consagrada en el Archipiélago. Ocho ménsulas en forma de cabeza de elefante con la trompa extendida configuran parte de dicha decoración, además del revestimiento de las pilastras laterales en piedra artificial en el tono de la piedra berroqueña, representando figuras de dioses de danzas sagradas las superiores y ornamentaciones geométricas de influencia oriental las inferiores.

Maya

En 1953, el emprendedor sindhi Tirthdas Bherumal Bharwani, hijo de un adinerado joyero, abrió la primera tienda del grupo Maya en la plaza de la Candelaria de Santa Cruz de Tenerife. Pocos años después abrió un centro de venta al mayor en Gran Canaria y en 1969 inauguró en la calle Triana su primera tienda. Apostó por importar las primeras marcas de fotografía, electrodomésticos y joyería, convirtiéndose en distribuidor internacional de algunas de ellas, como Nikon. El joven visionario introdujo innovaciones clave que le proporcionaron prestigio y llenaron de clientes sus comercios, como abandonar el habitual regateo para establecer una política de precios fijos u ofrecer garantía y servicio post-venta para los productos que vendía.

Tras su muerte en 1977, sus hijos Ramesh, Kishinchand, Harisunder y Kumar tomaron el relevo. Poco a poco Ramesh transformó las prósperas tiendas de su padre en un imperio comercial que llegó a tener 2.000 empleados. La introducción de tarjetas de crédito propias, que permitían pagar las compras a plazos, supuso un hito en la estrategia comercial, fidelizando a más de 25.000 clientes. Ramesh creó una división internacional de importación y distribución mayorista de marcas de óptica, fotografía y electrónica y construyó un complejo hotelero en Lanzarote, además de introducirse en el negocio inmobiliario. 

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Sede principal y primer establecimiento de Maya en la Plaza de la Candelaria, S/C de Tenerife, ahora ocupado por una cadena hotelera.


Con la repentina muerte de Ramesh en 2010, la tercera generación de la familia Bharwani no pudo mantener el éxito de la compañía. Se enfrentaron a la crisis económica y una creciente competencia, lo que llevó a una mala gestión y a la situación actual de la empresa, con un Expediente de Regulación de Empleo (ERE) que terminó con el cierre de todos los negocios y la sociedad acabó en concurso de acreedores. 

Visanta

Visanta fue fundada en 1973 por Moti Matani, originario del Sindh (India). La empresa, cuyo nombre es un acrónimo formado a partir de los nombres de sus hijos, creció como un comercio especializado en electrónica, fotografía, vídeo e informática, con un modelo basado en precios competitivos, trato humano y garantía directa. Llegaron a tener 14 tiendas en Gran Canaria, Tenerife y Lanzarote. Un año después de abrir la primera, en la calle Ripoche de Las Palmas de Gran Canaria, abrieron una sucursal en S/C de Tenerife y posteriormente en Las Américas y en el Puerto de la Cruz, convirtiéndose en un referente insular. Matani se retiró en 2018 y sus hijos Priti y Puneet tomaron las riendas del negocio. Actualmente quedan cinco tiendas, una en Gran Canaria, dos en Tenerife y una en Lanzarote. La del Puerto de la Cruz cerró en mayo de 2025, marcando el fin de una etapa.

Tienda de Visanta en la calle Ripoche de Las Palmas de Gran Canaria.
Esquina de la calle Imeldo Serís con Cruz Verde, en Santa Cruz de Tenerife. A la derecha, el comercio de Visanta, a finales de los años 70. Fotografía de Antonio Brito Correa.


Durante décadas, los sindhis se especializaron en la venta de productos exóticos, textiles de alta calidad, sedas, encajes, linos, tejidos de Cachemira, objetos de arpillera, plata labrada, bordados orientales, madera de sándalo, porcelanas, vajillas, etc. Muchos de los productos se importaban también desde Malta y Gibraltar. La seda fue durante las primeras décadas del siglo XX la primera de las importaciones en Canarias, después de la madera, la turba, el tabaco, el trigo y el serrín. Los clientes de estos comercios eran fundamentalmente los segmentos más ricos de la sociedad canaria y los pasajeros de los numerosos buques, en su mayoría ingleses en travesía hacia las colonias, o establecidos en las islas tras la construcción del Puerto de la Luz, que en 1915 llegó a ser el segundo del mundo en tráfico de mercancías, solamente por detrás del puerto de Nueva York. La integración en 1947 de la provincia de Sind en Pakistán tras la independencia de la India intensificó la diáspora y cambió la relación de esta comunidad con su lugar de origen. La práctica económica y la adscripción religiosa conforman la autoidentificación y la pertenencia a la comunidad, por encima de nacionalidad y localidad.

La afluencia del turismo de masas y la condición de puertos francos libres de impuestos explica la bonanza de estos negocios en los años sesenta y setenta, época que podría calificarse como los tiempos dorados. La inmigración sindhi de este período es familiar; las mujeres eran reagrupadas tras el establecimiento durante años de sus esposos, por lo que muchos de los jóvenes y adultos de la comunidad actual nacieron en el archipiélago. Aunque se mantuvo la venta de productos textiles, se produjo cierta diversificación, especializándose muchos comerciantes en productos

electrónicos. A las islas llegaban mercancías desde Bombay, Cantón, Shangai, Kobi, Yokoama, Ceuta, Melilla, Tetuán, Larache, Casablanca, Fez, Mogador, Panamá, Kingstown, Punta Arenas, Sierra Leona, Lagos, Accra, Monrovia y hasta el Congo, que tenía conexiones aéreas directas con las islas para pequeños y rápidos envíos de electrónica. A los ya mencionados se sumaron importantes nombres comerciales como Chellsons, Visanta, Atlantic Traders, Pasha, Chandu, Kishoo… Los bazares hindúes poblaron principalmente las calles de La Naval, Juan Rejón y Albareda en Las Palmas de GC, convirtiéndose en un referente obligado para las tripulaciones, pasajeros y turistas que llegaban por mar y aire desde todo el mundo.

Tal era el grado de atracción que estos comercios ejercían, que a los visitantes peninsulares se les denominaba «el 7º de Caballería», porque nada más llegar preguntaban: ¿Dónde están los indios?

La comunidad hindú siempre dió especial importancia a la ética en sus negocios: una parte de los beneficios se deben devolver a la comunidad, en forma de donaciones a comunidades religiosas y educativas, así como a organizaciones sociales. En 1916 ayudaron a la llegada de la energía eléctrica a Triana. Chellaram llegó a financiar las tartanas de los tartaneros, a cambio de traer a los turistas desde el Puerto. Chanrai financió la compra de mármol en la Iglesia de San Francisco de Santa Cruz de Tenerife. Maya se convirtió en patrocinador del Carnaval de Santa Cruz y el Diwali (principal fiesta hindú) que organizaba Ramesh Bharwani se convirtió era un evento social de primer orden. Las donaciones incluían también ayudas para los negocios de aquellas familias que todavía no habían tenido éxito en sus negocios.

Desde 1982, con la desaparición de los puertos francos y la rigidez en materia de extranjería, la emigración procedente de la India prácticamente se detuvo. En los últimos tiempos, los herederos de aquellos empresarios han liderado el proceso de transformación de sus sociedades. Muchas familias que empezaron con pequeños bazares poseen las más fuertes empresas del Archipiélago en varios sectores. Aunque los negocios de venta al público se mantienen en reducidas zonas de las capitales canarias y áreas turísticas, la mayor parte de los nuevos negocios están basados en el tráfico internacional de mercancías, cadenas de perfumería, servicios digitales, actividades financieras e industria turística. FundGrube, Riu, Sabina, Europa, Douglas o Kim son tiendas por las que seguro habrá pasado cualquier persona que haya estado en Canarias y haya aprovechado los bajos precios que aún se mantienen en esos productos. Empresarios como Anil Partap, uno de los mayores importadores de Canarias, o Ram Bhavnani, que hizo fortuna con sus inversiones en el sector bancario, han levantado verdaderos imperios a nivel regional.

Es abundante el legado cultural que la comunidad sindhi ha dejado en Canarias. También hay huellas tangibles que han enriquecido nuestro patrimonio visual. En efecto, me refiero a los rótulos de sus negocios, que formaron parte del paisaje urbano durante décadas. Aunque van desapareciendo lentamente, todavía se pueden apreciar en algunas calles de Las Palmas de GC y S/C de Tenerife los restos de un pasado de esplendor comercial en el que medio millar de establecimientos, conocidos popularmente como los indios, contribuyeron al bullicio cosmopolita en las islas a mediados del siglo XX.

Gran parte de aquellos establecimientos fueron sustituidos por otra gran comunidad de comerciantes asiáticos: los chinos, que poblaron las zonas donde antes reinaron los indios con numerosos negocios que a su vez también fueron cerrando, víctimas de la crisis económica de 2008. El área que conforman las calles Albareda, La Naval y Juán Rejón en Las Palmas de GC es un museo urbano en el que aún pueden contemplarse algunos restos gráficos de los rótulos indios, chinos y rusos (que también los hubo). Además de una visita presencial, es muy recomendable también hacerla de manera virtual en Google StreetView, en la que además es posible retroceder en el tiempo hasta el año 2008 y contemplar muchos de los rótulos que había entonces.


Fuentes:

  • Chellaram, novedades orientales. Dunia E. Torres, La Provincia, 12/03/1998.
  • El poder hindú en Canarias. ElDiario.es, 06/12/2006
  • Los comerciantes sindhis en Canarias. Relaciones transnacionales y actividad económica. Ana María López Sala y Valeriano Esteban Sánchez, 2010.
  • La senda de los elefantes. Mariano de Santa Ana, La Provincia, 11/11/2013
  • El declive del imperio de los Bharwani. Laura Docampo. La Provincia, 12/10/2014.
  • España y la India: en busca de unas relaciones bilaterales más estrechas. Rubén Campos Palarea y Jayshree Sengupta. Real Instituto Elcano, 2017.
  • 160 años de excelente comercio hindú en Canarias. José L. Jiménez. ABC, 10/09/2018.
  • 100% canarios, 100% mestizos. A.R./I.D. La Provincia, 30/05/2019.