Juan el Petudo, el rotulista que reinó en La Palma

A pesar de su gran maestría, Juan Santana Martín, más conocido como Juan el Petudo, fue un rotulista prácticamente desconocido fuera de las Islas Canarias. La difícil época de posguerra que le tocó vivir en un reducido y alejado territorio limitó la visibilidad y un más amplio reconocimiento de su trabajo, pero no impidió que dejase un importante legado. Sus ilustraciones y rótulos comerciales, pintados a mano de manera tradicional, formaron parte del paisaje urbano de la isla de La Palma durante décadas. Algunos de ellos todavía se conservan, desafiando y sobreviviendo a los muchos luminosos, vinilos y metacrilatos que vinieron después. Mientras estuvo en activo no hubo competidor que alcanzase su excelencia, llegando a convertirse en el rotulista de referencia en el pequeño pero muy activo -comercialmente hablando- territorio insular.

Nacido en 1936 en Arucas (Gran Canaria), a los 8 años sufrió un accidente que le marcó de por vida. Tuvo la mala fortuna de caer por unas escaleras mientras jugaba con uno de sus hermanos y lesionarse gravemente la espalda, lo que le mantuvo confinado en un hospital durante un largo periodo de tiempo. Las secuelas físicas que le quedaron propiciaron su apodo “el petudo“, derivado de la palabra peta (canarismo de procedencia portuguesa que significa joroba o corcova). 

El pequeño Juan encontró en el dibujo un recurso para llenar las largas horas de estancia en el hospital. Poco a poco fue adquiriendo una gran habilidad con el lápiz y una creciente inquietud artística. Tras su salida, ingresó en una academia de arte en Las Palmas de Gran Canaria, donde desarrolló habilidades en las disciplinas del dibujo, la pintura y la escultura. Aunque el escenario en aquella España de los años 50 era de una gran depresión económica y escasas oportunidades laborales, Juan no tuvo demasiadas dificultades para empezar a ganarse la vida aceptando trabajos de rotulación para algunas empresas. 

Juan, cuando era un veinteañero.

Manuel Corujo, amigo de Juan, era un electricista que se había especializado en la confección de rótulos de neón, de creciente demanda por entonces. Recibió una oferta de trabajo de la empresa Lumenx Neón, dedicada a las instalaciones eléctricas en La Palma, que recibía cada vez más encargos de rótulos luminosos. Gracias al desarrollo de su transitado puerto, Santa Cruz de La Palma se había convertido en escala obligada para numerosas rutas comerciales de medio mundo, lo que trajo una creciente prosperidad económica y un carácter cosmopolita inusitado en una isla tan pequeña. Manuel aceptó la oferta y, una vez allí, convenció a Juan para que también acudiera, tras comprobar que había trabajo de sobra para ambos. Juan, que ya había formado una familia con la lanzaroteña María Ferrera en el barrio de Schamann en Las Palmas, no dudó en acudir a la llamada de su amigo. Como empleados de Lumenx Neón, tardaron sólo unos meses en comprender que rentabilizarían mucho más su trabajo si se establecían por su cuenta, viéndose capaces de atender los encargos por sí mismos. Juan se encargaba del diseño y de aquellos rótulos que había que pintar, mientras Manuel se ocupaba de la confección de los tubos de neón y de la instalación eléctrica.

Anuncio en prensa de la empresa Lumenx Neón en septiembre de 1956.

Al cabo de un tiempo, Manuel volvió a Gran Canaria para montar su propio taller, pero Juan se instaló en La Palma con su familia, pues los encargos no cesaban y el trabajo iba en aumento. En un tiempo en el que no había llegado aún el vinilo de corte, muchas empresas recurrieron a él para rotular las fachadas de sus negocios. Bajo el nombre comercial de JUSAMAR, acrónimo de sus apellidos, rotuló cadenas de supermercados, talleres, concesionarios de automóviles y todo tipo de negocios. Pero donde lució sus habilidades de una manera espectacular fue en la rotulación de numerosos vehículos para la empresa Atlántico SA, distribuidora de bebidas y productos de alimentación en La Palma, Tenerife, Gran Canaria, Fuerteventura y Lanzarote. Juan se desplazó en numerosas ocasiones a cada una de estas islas para rotular de manera magistral las furgonetas y camiones de la empresa. 

La excelencia que alcanzó Juan el Petudo en la rotulación de vehículos es legendaria. En una época sin ordenadores ni tecnología específica, confeccionaba sus plantillas en papel o dibujaba directamente sobre el soporte con el simple uso de un escalímetro, instrumento que le permitía reproducir proporcionalmente un rótulo de varios metros a partir de una simple tarjeta de visita. En la mayoría de casos se veía obligado a preparar previamente toda la superficie del vehículo, lijándo primero y aplicando un fondo sobre el que después pintaría con pinceles los textos e ilustraciones correspondientes. Su dominio de la técnica fue tal que, al compararse, resulta muy difícil diferenciar sus trabajos de las actuales reproducciones fotográficas impresas en vinilo. 

Cuenta Alfredo Abrante, que fue su aprendiz durante años, que los talleres de chapa y pintura de la isla recurrían a Juan para que averiguara el color exacto y les hiciera la mezcla de pintura que necesitaban cuando tenían que reparar los daños en las carrocerías.

Durante los años 60 y 70 del pasado siglo, todo el mundo en La Palma conoció a Juan el Petudo, directamente o través de sus numerosos trabajos. Su historia es peculiar dentro del mundo de la rotulación, ya que consiguió sacar adelante a su familia de cuatro hijos y esposa de manera holgada, aprovechando la falta de competencia y trabajando duro. Ganó suficiente dinero como para incluso presumir del único automóvil Jaguar 4.4 automático que había en la isla, un nivel de vida inalcanzable para la gran mayoría de rotulistas españoles, que apenas lograban subsistir desempeñando un oficio no demasiado bien pagado. Como contrapartida, su fama y reconocimiento quedaron circunscritos al reducido ámbito insular. 

Juan, primero por la izquierda, posando con unos amigos junto a uno de sus trabajos.
Juan Carlos el Petudo: la saga continúa

En su taller en la calle Encarnación de Santa Cruz de La Palma, Juan contaba con la ayuda de algunos otros aprendices de rotulistas, como Alfredo o su propio hijo Juan Carlos Santana, que además del apodo, heredó sus habilidades. A los 17 años, Juan Carlos empezó a trabajar con su padre y no tardó mucho en manejar los pinceles con soltura. Como venía siendo tradicional, las técnicas y secretos del oficio pasaron de padre a hijo, de maestro a aprendiz. Así fue cómo en los diez años que trabajaron juntos, Juan Carlos aprendió del mejor maestro que podía tener y se convirtió en su digno sucesor de su padre cuando falleció a causa de un infarto en 1987, a la edad de 51 años.

Juan Carlos, junto a un pequeño rótulo pintado treinta años atrás.

Juan Carlos continuó con el negocio, con la profesionalidad y calidad heredadas de su padre. Con el nombre comercial de Taller de Rótulos Santana siguió usando los métodos tradicionales y sirviéndose del escalímetro para confeccionar sus plantillas de papel y de los pinceles para rotular paredes y vehículos. Alcanzó un hito en su carrera cuando ilustró de manera hiperrealista una pila eléctrica de la marca Ucar en una furgoneta. Tal fue el éxito de ese trabajo, que un directivo de la empresa se desplazó desde Suiza hasta La Palma para contemplar el trabajo del que todo el mundo hablaba. Tras verlo, propuso a Juan Carlos que rotulara de manera similar toda una flota de furgonetas en Lanzarote, sufragando incluso los gastos de viaje y estancia para su esposa mientras durase el trabajo.

Desgraciadamente, en 1998, Juan Carlos se vio obligado a dejar los pinceles por motivos de salud. Muchos de sus trabajos, como los de su padre, todavía permanecen. Prácticamente todos los rótulos pintados a mano que todavía pueden verse en la isla los hicieron los Santana. Tras cerrar su taller de rotulación, Juan Carlos abordó trabajos menos especializados, como pintor decorador de casas y algunos otros de carácter ocasional.  Con una edad cercana a la jubilación, Juan Carlos todavía pinta a mano algún que otro rótulo encargado por algún amigo o familiar, aunque el trabajo del que más presume es el de la reciente rehabilitación del Barco de la Virgen, reproducción de la carabela Santa María que Cristóbal Colón usó en su primer viaje a América. El barco, que alberga un museo naval en su interior, se ha convertido en símbolo por antonomasia de Santa Cruz de La Palma y uno de los emblemas más conocidos de la propia isla. Juan Carlos se empleó a jornada completa durante 13 meses en este encargo del ayuntamiento de la capital palmera, hasta que fue interrumpido por la pandemia del COVID-19. Ahora permanece a la espera de que pasen las restricciones para retomar su tarea, que permitirá que el barco luzca en perfecto estado en las próximas fiestas lustrales de la Bajada de la Virgen. Hay dos títulos que Juan Carlos exhibe con orgullo junto a su nombre: hijo de Juan el Petudo y pintor del Barco de la Virgen.

Juan Carlos, dando una apariencia de madera a la superficie de cemento del Barco de la Virgen.

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